AAASe hace un silencio extraño que me obliga a dejar mis tareas de escriba y levantar la cabeza. A mira en torno suyo: sólo estamos nosotros tres en la parada y yo le soy desconocido.


AA-Yo no te dije nada. No le digas nada a su padre, pero ella no quiere terminar.
AA-¡No me digas! ¡Con lo poco que le falta! ¡Contame!
AA-Te cuento, pero no le digas nada a mi marido que se arma. No lo vas a poder creer –silencio-. Ricardito.
AAEsta vez la pausa es más prolongada, necesaria para digerir la última frase. Mi mano tiembla porque escribí tan rápido que miro la libreta y sospecho que no seré capaz de descifrar esos garabatos en tinta negra. Me froto levemente la muñeca mientras espero el final de la historia. Quiero, necesito enterarme qué sucedió entre Ricardito y la universitaria tan grave como para que ella abandone sus estudios.
AAMe preparo para el remate de la historia. Entonces sucede. Llega el 707, las mujeres trepan. Mientras el bondi espera el verde del semáforo, las veo sentarse de lado, casi están una frente a la otra, en el primer asiento doble. A me da la espalda y por el movimiento de sus manos sé que comenzó a hablar. Cuando el bondi arranca B abre los ojos y así la pierdo de vista.
AAPodría inventar un final para esta historia, pero dudo lograr escribir uno tan bueno como el original que me perdí. El único motivo de esta crónica es la no ser el único que se quedó sin saber ese bendito final.