LA MONEDA QUE DA DERECHO

AAEstoy sobre el 60, en la esquina de avenida del Libertador y Virrey del Pino, a una cuadra de las vías del ferrocarril que pasa por Barrancas de Belgrano. En la esquina opuesta, sobre la vereda hay un pibe que espera que el semáforo le dé rojo al tráfico que baja por Virrey del Pino.

AATiene unos seis años, lleva el pelo largo –es lo primero que llama la atención en un chico de esa edad-, pantalón y buzo. Son casi las ocho de la noche y hace frío.

AADos señoras de unos setenta y pico largos abrigadas hasta el cuello con abrigos de pieles se aproximan a la esquina. El pibe se les acerca y les pide algo, supongo una moneda. Una de las señoras se adelanta hasta el cordón de la vereda, evitándolo, pero la otra mete una mano en el bolsillo y le estira algo, probablemente la bendita moneda.

AAEntonces viene lo bueno: la señora que entregó la moneda comienza a hablar al pibe desde su altura, suponiendo que la moneda entregada le da ese derecho. Desde mi posición sobre el bondi no puedo escucharla, pero es fácil deducir por sus gestos que le dice que no debería estar allí en la calle a esas horas y con ese frío, sino en casa de sus padres, haciendo lo que debe hacer un chico de su edad, es decir, cualquier cosa menos pedir limosna.

AAEn cuanto la luz se pone en verde el bondi arranca, las señoras cruzan en dirección a la estación Belgrano con tema de conversación para un rato largo, y el pibe avanza entre los autos detenidos con la palma en alto.

AANo se me ocurre ninguna moraleja, sólo pensar en lo profundo de la injusticia social y en que siempre hay gente dispuesta a pagar para ser escuchada.